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Encuadre | 17 Agosto, 2017

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Los principios del final: el colofón

Los principios del final: el colofón
Rosalba Cruz Soto

Editora en el Departamento de Publicaciones del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM

[email protected]

Resumen

Este artículo contiene la historia de una de las partes del libro que menos atención han recibido:
el colofón. Desde los orígenes del libro, en Mesopotamia, hasta nuestros días, el colofón ha estado
presente de diversas maneras, incluyendo los libros impresos en la Nueva España desde
1539. Por eso se incluye una revisión de los colofones novohispanos y se señala la manera en que
se ha recuperado este elemento en las actuales publicaciones digitales.

Palabras claves: historia del libro, colofón, trabajo editorial, escribas, imprenta, impresos.

Abstract

This paper contains the history of a scarcely studied part of the book: the colophon. From the
origin of books, in Mesopotamia, to modern days, the colophon has been present in many ways,
including the books printed in New Spain since 1539. That is why the article includes a revision of
new-hispanic colophons and how they have been rescued by modern digital publications.

Keywords: book history, colophon, publishing, scribes, imprints, press.

A Ramón Luna y a aquellos tipógrafos de un antaño aún cercano.[1]

El libro, en su larga historia, se ha acompañado de cierto tipo de información auxiliar que tiene una intencionalidad comunicativa, ya sea por parte del autor o del copista, para el caso de los códices o libros manuscritos, o del impresor o editor, al tratarse de un libro en letras de molde. Por ejemplo en los códices manuscritos, el copista escribía con tinta roja un Incipit[2] a manera de título del texto, para indicarle al lector el lugar donde iniciaba la obra, porque en la época en que se elaboraron los libros manuscritos éstos carecían de portada y, por lo tanto, de título. En cambio, el Explicit, Explicitum o Finit constituían las últimas palabras que el copista escribía, también con tinta roja, para indicarle al lector que finalizaba el texto o una parte de él. A esta información auxiliar del libro se le conoce como paratextos.[3] En el libro medieval los conformaban también otros elementos como las rúbricas, las glosas y las imágenes.

Con el libro impreso se elaboraron otros tipos de paratextos: el título, la licencia, la aprobación, el privilegio y el prólogo. En cambio, en el libro moderno conocemos paratextos tales como el epigrama, el prefacio, las notas al pie de la página e incluso elementos como el texto de la cuarta de forros, a los que se les prefiere nombrar peritextos. El colofón vendría a ser un elemento paratextual del libro que nos permite obtener más información acerca de él.

El colofón, íntimamente asociado con el final de un libro, hoy en día se encuentra en una época en la que prácticamente ha desaparecido, especialmente de las ediciones extranjeras, como las españolas y las norteamericanas. En México se le conoce como aquel texto conformado por unas cuantas líneas, escritas ya no por el autor de la obra, sino por el editor o el impresor; se presenta en la última página impar de un libro para proporcionar información acerca de las condiciones en que el texto ha sido compuesto, es decir, de su producción: el lugar donde se llevó a cabo la impresión, el nombre de la imprenta, la fecha y la cantidad de ejemplares producidos y hasta hace algunos años también se agregaba el tipo y cuerpo de la fuente tipográfica, así como detalles relacionados con la encuadernación y la clase de papel utilizado en la edición.[4]

Constituye un elemento del libro que, a lo largo de la historia, lo mismo ha cobrado suma importancia o ha desaparecido prácticamente de los impresos. En términos muy generales, el colofón ha tenido dos grandes funciones en los libros:

a)      Su primer gran papel ha sido aportar información acerca de la obra misma, función adoptada cuando los libros, elaborados en arcilla, papiro o pergamino, no tenían todavía una portada donde se asentara el título de la obra, el autor o la fecha cuando se escribió. Toda esta información se consignó durante más de tres mil años en el colofón.

b)      Su otra función, no menos importante, ha sido asentar las noticias acerca del copista o del impresor encargado de elaborar la obra, y está muy ligada a los intereses de control de las autoridades sobre la obra.

En el texto que aquí se presenta se hace un recorrido por la historia del colofón a lo largo de los más de 7 000 años de historia del libro, con la idea de registrar sus transformaciones e incluso su casi desaparición, según las necesidades de los autores, los “editores” de cada época e incluso de las autoridades encargadas de la legalidad del libro.

I

El origen de este elemento del libro se encuentra lejos de lo moderno. Tiene miles de años de antigüedad, aunque en Inglaterra, a partir de 1621, la palabra colophon comenzó a utilizarse en el sentido editorial con el que actualmente lo conocemos, es decir, como anotación final de los libros impresos. Como texto final de un escrito, y para indicar su conclusión, ya aparecía en las tablillas de arcilla de Mesopotamia elaboradas aproximadamente desde el año 5 000 a. C., las que constituían los libros de la época; en ellas se registraban fundamentalmente sucesos cotidianos, asuntos administrativos y de comercio, información astronómica y religiosa. Por ejemplo, en las Tablillas de Baal se escribió un texto final o colofón que señala que fueron elaboradas por Ilimilku de Shubani. Ahí se establece una clara distinción entre quien compuso el texto mítico, Atanu- Purliani, y el escriba Ilimilku.[5] En otras figuraba también el nombre del propietario, el número de tablillas que conformaban la obra o la serie, si se trataba de una copia, el estado del original del que se tomaba, etcétera.

Si en las tablillas se adoptó la costumbre de incluir un colofón para indicar que el texto había concluido, es lógico pensar que cuando en Egipto surgió el rollo como nuevo formato para escribir y leer, hacia el año 3 000 antes de Cristo, también en éste los escribas tomaron dicha costumbre. Y así fue. Al pie de la última línea del rollo se hacía constar el número de hojas pegadas que contenía, de columnas y de líneas.

El rollo de papiro evolucionó, en los primeros siglos de nuestra era, hacia una forma más novedosa conformada por hojas y conocida como codex o códice, por ser textos manuscritos y escritos sobre pergamino.

En los primeros códices del siglo II d. C., para indicar la conclusión del escrito solía escribirse simplemente un par de palabras, por ejemplo finit explanationum, que se traduce como “terminó el texto Explanationum; en este caso, del Libro 25 de Isaiah. Tal brevedad obedecía a que el alto costo de la piel de animal impedía utilizarla para otra cosa que no fuera el texto de la obra.

Con el tiempo se fue añadiendo más información e incluso expresiones devotas en forma de agradecimientos a Dios por haber terminado la obra, como en el siguiente ejemplo:

ERA M CC ET LXXIIII. LAUS TIBI SIT CHRISTE

QUONIAM LIBER EXPLICIT ISTE.[6]

Otros más ofrecen noticias sobre la elaboración de la obra. El siguiente ejemplo corresponde a un texto de Juvenal, donde el copista Joannes Nydenna registró su nombre, su lugar de nacimiento en “Confluentia” –actualmente Coblenza, Alemania–, la fecha de conclusión de su trabajo en septiembre del tercer año del papado de Pío ii –es decir, 1460–, el lugar donde se elaboró la copia, en Bérgamo, y el mecenas Chistophorus Mediolanensis, quien la financió:

PIO SECVNDO PONT. MAX. OPT. SANTIS. ANN. III. X KAL. septembr. Christoforo Mediolanensi viro Integerrimo hunc codicem exscripsi ego Ioannes nydenna De Confluentia impensa sua apud vrbem Bergomeam Imperitante re p. veneta. Cuius princeps erat Pasqualis Maripetro clariss. fortiss.que.[7]

Varios colofones consignan también al iluminista o al miniaturista de la obra, es decir, al pintor o al iluminador que se encargaba de dibujar y aplicar color a las letras capitulares, a los paisajes o a las orlas de las páginas.[8] Pero a diferencia del resto del contenido de los códices, muchos de ellos espléndidamente iluminados, los colofones tenían poca gracia. Tan sólo se escribía el texto llano.

No fueron los únicos datos contenidos en los colofones. El copista de textos, amanuense o calígrafo encontró ahí el sitio ideal para hacerse presente dentro del códice manuscrito y comenzó a registrar no sólo datos relacionados con el autor de la obra, la fecha y el lugar de la copia; tomó el cálamo para registrar su estado de ánimo al finalizar su trabajo y, por ejemplo, hacía alusión a la fatiga o al esfuerzo por haber escrito el códice, o señalaba su alegría y el orgullo por haberlo consumado. O bien, redactaba por su cuenta unas líneas para agradecer a Dios la oportunidad de ponerle fin a su labor. Incluso solicitaba a los lectores oraciones o recompensas espirituales para él. Un ejemplo es la siguiente nota escrita al final del manuscrito Bodleian 264 del Roman d’Alexandre, que registra la conclusión de la copia el 18 de diciembre de 1338 y añade: Explicit iste liber, scriptor sit crimine liber, Christus scriptorem custodiat ac det honorem.[9]

Una colección de sermones manuscritos ingleses indica que el texto se finalizó en 1437, pero el copista añade por su cuenta las palabras ix yere of the reygne of Kyng Edward the fourth. Y no sólo eso, sino que ruega por la piedad de los lectores:

Praye for me whyle I am on lyue that God sende me good delyuerance, and whan I am deed I praye you all praye for my soule.[10]

El caso del mecenas Erwin Panofsky es interesante porque castigó por su incompetencia a Gundohinus, copista e iluminista del manuscrito Evangelios fechado en el año 754 d. C. Quién sabe si a instancias del mecenas, el mismo Gundohinus escribió un colofón autoacusador, en el que asentó su propio nombre como autor de la copia y añadió: Orate pro me scriptore inperito et peccatore […], que podría traducirse como “Orad por mí, copista imperito y pecador” […].[11]

Como se observa, al final de los libros manuscritos se consignaba una, dos o varias líneas con información bastante diferente a la que actualmente se incluye al final de un libro.

II

Con el advenimiento de la imprenta las cosas no cambiaron mucho. De su predecesor, el códice manuscrito, el libro impreso tomó los mismos elementos. Durante las primeras décadas después de que se inventó la imprenta se imitaron en todo lo posible los códices manuscritos, ya que era la forma de libro a la que los lectores de la época estaban acostumbrados. Por ejemplo, los tipos se fundieron con la letra gótica, que era la más utilizada en los manuscritos del lugar donde surgió el invento, en Maguncia; también se reprodujeron en plomo las abreviaturas, aunque nada las hacía necesarias. Se incluyeron en las páginas los Incipit, los Explicit, las signaturas y los reclamos.[12] También se dejaron en blanco los espacios para las capitulares y las letras iniciales, con el fin de que fueran dibujadas más tarde por un iluminista. Es decir, los primeros libros impresos conservaron una parte artesanal, pues el iluminista tenía que dibujar, por ejemplo, las letras capitulares y todos los adornos de la obra en los cientos de ejemplares reproducidos en la imprenta. Asimismo, dada la costumbre de no incluir una portada en los códices, tampoco en las primeras obras impresas las hubo.

A pesar de que era común incluir un colofón en los códices manuscritos, no sabemos por qué Gutemberg no lo hizo en sus primeras obras impresas, sino hasta que en 1460 imprimió 300 ejemplares del Catholicon, que era una gramática y diccionario de latín escrito por Johannes Balbus de Gauna en el siglo XIII. En este caso, Johannes Gutemberg dejó un espacio entre la última línea del texto y el colofón, en la página 372r, para reseñar que el libro fue producido sin ayuda del cálamo o la pluma, sino con el diseño, la proporción y los ajustes de moldes y matrices. Por tanto, la famosa Biblia de 42 líneas, considerada la primera obra impresa hacia 1455 por Gutemberg con tipos móviles,[13] carece de colofón al final.

La transcripción del colofón de la imagen se muestra a continuación.

En ella se han desatado las abreviaturas por contracción:

Pre(sens) spalmor(um) codex venustate capitaliu(m) decorat(us) /

Rubricationibusq(ue) sufficienter distinctus, /

Adinue(n)tione artific(i)osa imprimendi ac caracterizandi /

absq(ue) calami ulla exarac(i)one sic effigiatus, Et ad euse /

biam dei industrie est (con)summatus, Per Iohannem fust /

ciue(m) mag(n)untinu(m), Et Petru(m) Schoffer de Gernszheim, /

Anno d(omi)ni Millesi(m)o. cccc. lvii In vig(i)lia Assu(m)pc(i)on(n)is.[14]

El Psalmorum Codex vino a ser el primer libro salido del nuevo invento que incluyó un colofón al final del volumen, en el folio 169v; consigna el año de 1457 y los nombres de sus impresores Iohannem Fust y Petrum Shoffer.

Por cierto, también fue el primero en contener una errata, pues dentro del colofón la palabra psalmor(um), que constituye parte del explicit de la obra, está escrita spalmo(rum). El texto del colofón, impreso en negro y capitular la primera letra [p] y el resto del texto en rojo, puede leerse en la imagen 5.

A partir de entonces, de la misma manera que algunos amanuenses lo hicieron en los códices, con el afán de imitar a éstos, los impresores asentaron sus nombres en los colofones para señalar los datos relacionados con su producción.

A pesar de ser impresos, algunos de estos textos variaban de un ejemplar a otro, como sucedió en la obra De civitate dei de san Agustín, cuya impresión concluyó Jenson en Venecia el 2 de octubre de 1475. En algunos ejemplares, el colofón no consigna el término gallico, modificando el nombre de Nicolaus Jenson, el impresor.[15]

El colofón de la Divina comedia de Dante Allighieri, impresa en Foligno hacia 1470, asienta: “Io maestro Johanni Numeister opera dei/ Alla decta impressione et meco fue/ El fulginato Evangelista mei”.[16] Por otro lado, hacia la década de los sesenta en algunos colofones comenzaron a aparecer impresas las letras “god / .al.”[17] como en la obra arriba mencionada, De Civitate Dei, pero ahora en aquella impresa en 1467 en Subiaco por los impresores alemanes Conradus Sweynheym y Arnoldus Pannartz.

Posteriormente, cuando los libros impresos poco a poco dejaron de imitar a los manuscritos, los colofones tomaron nuevas formas y refirieron mayor información (imagen 6). Hacia 1483 los mismos Schöffer y Fust habían modificado sus colofones incluyendo un grabado, como se observa en la imagen 7, correspondiente al Missale Vratislaviense impreso en Maguncia. El mismo grabado se encuentra en el colofón de un impreso elaborado 32 años después (imagen 8). Como se puede observar, el diseño de los colofones evolucionó más rápido en el lugar mismo donde nació la imprenta, es decir, en Maguncia, Alemania.

Hubo casos de libros en los que el cajista que empleaba como original un ejemplar de una edición previa también componía literalmente el colofón de ese original y se olvidaba de que era él quien realmente estaba componiendo la nueva edición.[18]

Al paso de la segunda mitad del siglo xv, y más por cuestiones relacionadas con la censura, algunos de los elementos contenidos en el colofón, como el título de la obra, su autor e impresor, poco a poco se hicieron presentes en las portadas junto con el señalamiento de que se contaba con la licencia correspondiente para la impresión. Y es que tan pronto surgió la imprenta las autoridades eclesiásticas tomaron medidas para controlar el contenido de los impresos; por eso, cincuenta años después de que se comenzaran a elaborar los libros en letras de molde, la Iglesia emitió en 1501 una bula contra lo impreso sin autorización.

Debido a la falta de este elemento en los primeros libros impresos en España, no se sabe a ciencia cierta cuál es el primer libro ibérico elaborado mediante el invento de la imprenta.[19] Con el advenimiento de la Inquisición, en la península ibérica se hizo obligatorio estampar el nombre del autor, el del impresor y el lugar de la tirada, con lo cual surgiría la portada. En esta última no sólo se asentaría el título de la obra y la aclaración de que se contaba con la licencia para su impresión y, en su caso, con el privilegio, sino también se señalaban varios datos que anteriormente se consignaban en el colofón, como el impresor en cuyo taller se elaboraba el tiraje y la calle donde se encontraba la imprenta. Esto, porque la legislación involucraba tanto al impresor como al autor de las obras.[20]

Los colofones novohispanos

Cuando a instancias del obispo Juan de Zumárraga arribó a Nueva España el impresor Juan Pablos Bricensis,[21] en 1539, ya era costumbre imprimir los libros con una portada donde figuraban los elementos arriba señalados. Durante el siglo xvi encontramos la mayor variedad y riqueza en el diseño de los colofones. En muchas obras aparecen con una composición gráfica estética en forma de pirámide invertida y en varias otras se acompañan con las marcas tipográficas del impresor. Esta manera de presentar tales textos finales se adoptó desde los primeros libros elaborados en Nueva España, pero poco a poco se fue perdiendo en las siguientes centurias.

Elvia Carreño, la estudiosa del libro antiguo mexicano, ha elaborado el esquema que adoptaron los colofones de las once obras en las que intervino el obispo Zumárraga, ya fuera como autor, como revisor o como la persona que financiaba la impresión del libro. Tal esquema es el siguiente: un agradecimiento a María, a Jesús o a algún santo por la conclusión del libro; el tipo de obra de que se trataba; el contenido y la utilidad de la obra; el impresor encargado de su tiraje, así como el trabajo del revisor, y la fecha o el año en que se terminó de imprimir la obra, tal como lo ejemplifica el que da conclusión a la Doctrina breve muy provechosa de las cosas que pertenecen a la fe católica, cuya autoría es del mismo Zumárraga:

A honra y alabanza de Nuestro Señor Jesucristo y de la gloriosa virgen santa María su madre: aquí se acaba el presente tratado. El cual fue visto y examinado y corregido por mandado [sic] del R. S. Don Fray Juan Zumárraga: primer obispo de México: y del Consejo de su Majestad etc. Se imprimió en esta gran ciudad de Tenonchtitlan México de esta Nueva España: en casa de Juan Cromberger por mandado del mismo señor obispo Don Fray Juan Zumárraga y a su costa. Acabose de imprimir a. XIIII. días del mes de junio: del año de M. D. Cuarenta y cuatro años.[22]

Era costumbre que, cuando el texto de la obra publicada estaba escrito en latín, el impresor redactaba el colofón y el pie de imprenta de la portada en la misma lengua. Juan Pablos imprimió en latín el colofón del libro titulado Francisci Cervantis Salazari Toletani, ad Ludovici Vivis, Valentini, xercitationem, aliguot Dialogi. 1554, más conocido como Diálogos latinos, escrito en el mismo idioma con el fin de que se utilizara como libro de texto para la enseñanza del latín en la Real y Pontificia Universidad de México. Otros impresos, como aquel que compuso para concluir la primera edición de Concilios Provinciales … de Mexico, de 1556, están escritos en el castellano de aquella época. El colofón en latín puede traducirse como sigue:[23]

Ha sido puesto el fin a esta obra desde el año constituido para la salvación del  género humano 1554 en el día sexto del mes de noviembre.

Por encargo del virrey y arzobispo mexicano, fue aprobada la obra por

el doctor Mateo Sedeño Arévalo, interprete de decretos, y por el maestro

Alfonso de la Vera Cruz, profesor primario de teología, en México en el año

mes y día como [se dice] arriba.

Colofón de los Diálogos latinos.

IMPSITUS EST FINIS

Huicoperi, anno ab asserto in liber-tatem genere humano,

millesimo quingentessimo

quinquagesimo

quarto, Die

Vero

Sexta:menfis

Novem

Bris.

E X C O M M I S S I O N E P R O R

Regis & Archiepiscopi Mexicani, probatum est opus, Doctori

Matheo Sedeño Arevalo, Decretorum interpreti, & Magistro

Alonso avera Cruce Theologiæ primario moderatori, Mexicciano

mense & die ut supra.

Colofón de Concilios Provinciales…

A loor y servicio de Dios

mando el muy Illustre y Reverendissimo señor

don fray Alonso de Montufar Arsopispo

desta dicha fcta Yglesia de Mexico im

primir estas consituciones signoda

les. Las quales les fueron acabadas

e ymprimidas por Juan Pablos

lombardo, primer impres

sor en esta grande, insigne y

muy leal ciudad de me

xico a diez dias de he

nero. Año de la en

carnacio de nuestro

Señor Jesucristo

de. M.D.L.V.I.

Años.

Manda la Reverendissima Señoria que se de y pague por este libro enquadernado en pergamino, un peso y medio de tepuzque y no mas.

Un ejemplo más de los primeros colofones novohispanos es el que da fin a la obra de Maturino Gilberti, impresa también por Juan Pablos en 1559, con varia información acerca de la obra a pesar de que parte de esta información se encontraba en la portada.

Por su parte Antonio de Espinosa, quien se inició como fundidor de letras tipográficas para Juan Pablos, incluyó dos colofones en el Vocabulario en lengua castellana y mexicana, porque en realidad contiene dos vocabularios impresos en 1571. El primer colofón, escrito en español, se encuentra arriba de la marca o escudo que lo identificaba en sus impresiones; el otro, en náhuatl, debajo de dicho escudo.

Unas cuantas de las primeras impresiones que se elaboraron en la Nueva España en el siglo XVI acostumbraban ir acompañadas de un grabado o marca, utilizada para la identificación visual del impresor, en la última página donde se encontraba el colofón. Antonio de Espinosa los imprimió con un escudo para distinguir las obras elaboradas en su imprenta. En cambio, Juan Pablos y Pedro de Ocharte[24] simplemente estampaban una viñeta[25]. En Europa, desde los primeros días de la imprenta y hasta 1510, varios impresores así lo hicieron también y casi todos los componían con la forma de una pirámide invertida, anotando el día, mes y año de su terminación.

Imagen 13. El siguiente es el texto de aquél impreso en español:

¶AQUÍ HAZEN FIN LOS DOS VOCABULARIOS,

EN LENGUA CASTE

llana y nahual o Mexicana que hizo y recopilo el

muy Reverendo padre, fray Alonso de Molina de la

orden de señor san Francisco. Imprimiéronse en la

muy insigne y gran ciudad

de Mexico en casa de Antonio de Spinosa, en el

Año de nuestr [ilegible] de 1571.[26]

Sin embargo, aunque de la misma época, el colofón de la obra Arte de la lengua mexicana y castellana de Alonso de Molina, impresa por Pedro de Ocharte en 1571, carece de la viñeta y se asemeja más a aquellos que acompañan a las obras de Zumárraga.

El texto que correspondería al colofón solía ubicarse lo mismo al final del texto de la obra que detrás del índice o de una tabla, y antes de las erratas. Por ejemplo, La estrella del norte de México, aparecida al rayar el día de la luz Evangélica en este Nuevo-Mundo, en la cumbre de el cerro de Tepeyacac […] de Francisco de Florencia, fue impresa “Por doña Maria de Benavides, Viuda. De Juan de Ribera” en 1688. Al finalizar el folio 241r se indica que ha concluido el texto con las siguientes palabras:

Luego, en la siguiente página, al concluir la “Protesta” y antes del “Indice de las cosas memorables de esta Historia”, encontramos varias líneas escritas por el autor que, a pesar de que no constituyen un colofón propiamente dicho, sí advierten el final de la obra:[27]

Aquí se havia de imprimir aquella antigua Relacion, que he citado varias vezes en el cuerpo desta Historia. Pero por aver salido mas avultada, y crescida de lo que yo quisiera, la dejo contentandome con lo que deella digo en el ¶8.9. y 10. del Cap. 15. num. 195. fol. 95. del Cap. 13. Tābien por la misma razon se deja un Cantico en Mexicano que prometi en el Cap. 15. num. 195. fol. 95. al fin, compuesto por D. Francisco Placido Señor de Azcapotzalco, que se canto el mismo día de la traslacion de la Santa Imagen desde Mexico â su Capiilla. Advierto esto porque el Lector, si los echare de menos, sepa el motivo porque no se imprimieron.[28]

Por último, después del índice y antes de las erratas, simplemente aparece la palabra “fin” entre dos adornos tipográficos[29]:

El cuadro 1 contiene ejemplos de los colofones novohispanos impresos en distintos años. En él se aprecia la evolución que tuvo este elemento durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

Año Autor Título de la obra Impresor
1553 Pedro de

Gante

Doctrina Xiana en lēgua

Mexicana.[30]

En casa de Juan

Pablos

1569 Alonso de

Molina

Confessionario mayor, en la

lengua Mexicana y Castellana:

Compuesto por el muy Reuerendo

padre Fray Alonso de Molina, de

la orden del Seraphico padre Sant

Francisco:.[31]

En casa de

Antonio de

Espinosa

Impressor

1583 Bernardino

de Sahagún

Psalmodia Christiana, y

sermonario delos Sanctos del Año,

en lengua Mexicana: […][32]

En casa de Pedro

Ocharte.

1645 Horacio

Carochi

Arte de la lengva mexicana con la

declaración de los adverbios della

Por Iuan Ruyz
1673 Agustín de

Vetancourt

Arte de la lengva mexicana, […]

dedicado al Bienaventurado S. [33]Antonio de Padva.

Por Francisco de

Rivera Calderón

1713 Manuel

Pérez

Farol indiano, y gvia de Curas

de indios. Summa de los cinco

sacramentos que administran los

Ministros Evangélicos. en esta

America.[…][34]

Por Francisco de

Rivera Calderón

1739 Francisco

Antonio

Navarrete

Relación peregrina de la agua

corriente, que para beber, y

vivir goza la muy noble, leal, y

florida ciudad de Santiago de

Queretaro: […]

Por Joseph

Bernardo de

Hogal, Ministro,

ê impresor del

Real, y Ap. Tl.de

la Santa Cruzada.

1758 Geronymo

de Ripalda

Catecismo mexicano. Que contiene

toda la Doctrina Christiana con

todas sus Declaraciones: en que el

Ministro de Almas hallarà, lo que

á estas debe enseñar; […][35]

En la Imprenta

de la Bibliotheca

Mexicana

1769 José

Ignacio de

Bartolache

Lecciones Matemáticas, que

en la Real Universidad de

México dictaba D. Josef Ignacio

Bartolache. Primer Quaderno,

[…][36]

En la Imprenta

de la Bibliotéca

Mexicána

1770 Lorenzana,

Francisco

Antonio de

Historia de la Nueva-España,

escrita por su esclarecdo

conquistador Hernan Cortes,

aumentada // con otros

documentos, y notas, por el

Ilustrissimo Señor don Francisco

Antonio Lorenzana, Arzobispo de

Mexico.

En la Imprenta

del Superior

Gobierno, del Br.

D.Joseph Antonio

de Hogal.

1778 Joseph

Joaquín

Granados y

Gálvez

Tardes americanas: gobierno

gentil y catolico: Breve y

particular noticia de toda la

historia indiana: […]

En la nueva

Imprenta

Matritense de D.

Felipe de Zúñiga

y Ontiveros.

Rectum Deo, sinistrum

mihi.

O. S. C. S. M. E. C. A.

R.

Dando fin el Impresor,

dijo:

Concluí tus Discursos

Sabios,

GRANADOS, y por

tributos

Sus bien sazonados frutos

Dejan la miel en los

labios:

Mis elogios son agravios

Para obra tan elegante;

Y así, sin perder instante,

Espero que tus desvelos

Den a la América vuelos

Hasta ponerla triunfante.

* Se ha tratado de conservar en todo lo posible la grafía que presentan las obras en la portada y en el colofón.

Es evidente que en la segunda mitad del siglo XVIII, por un lado, los impresores ubicaron su emblema a manera de colofón, a veces acompañados de un breve texto y, por otro, los colofones prácticamente requieren de la palabra “fin” para indicarle al lector la conclusión de la obra. La heterogeneidad que muestran los colofones muy probablemente se deba a una causa económica, lo que dificulta el intento de elaborar una clasificación por editores, por épocas o incluso por sus formas discursivas, como serían los laudatorios o los poéticos. En la Nueva España de aquella época la carestía del papel para imprimir contribuyó no sólo a que fueran más escuetos, sino incluso a que con frecuencia se ubicaran inmediatamente después de haber concluido el texto de la obra, por lo general antes de la fe de erratas, y no en una página aparte como se acostumbra hoy en día.

Hacia mediados del siglo XVII el colofón prácticamente había desaparecido de los libros, puesto que gran parte de la información se concentraba en la portada. El hecho coincidía con el momento de mayor encarecimiento del papel; en 1677 aumentó de precio de tal manera que, si bien adquirirlo un siglo antes representaba un gasto de 3 pesos por resma, para la fecha mencionada se cotizaba a 30 pesos.[37]

Tras la independencia de México, la siempre cambiante legislación no fue muy benévola hacia los impresos. En ocasiones los regímenes liberales decretaban la total libertad de imprenta, en tanto que a veces los conservadores la restringían. Concluida la primera mitad del siglo xix, la Ley de Imprenta de 1853, mejor conocida como Ley Lares, entre otras cosas obligó a que los impresos asentaran el nombre verdadero del impresor y su domicilio, lugar y año de impresión, cosa que se hizo o, mejor dicho, se siguió haciendo igual que en la Colonia, en la portada de los libros. Ante tal situación, el colofón continuó siendo muy breve, como se observa en las impresiones de obras como la Historia de la conquista de México de W. Prescott (1845) impresa por Ignacio Cumplido, las Lecciones de historia patria de Guillermo Prieto (1886) o el Diccionario Geográfico, Histórico y Biográfico de los Estados Unidos Mexicanos de Antonio García Cubas (1891). Todas ellas concluyen con la palabra fin.

El uso del colofón en los libros del siglo xx abrevó de dos fuentes. La primera fue la costumbre, heredada de siglos anteriores, de incluir estos textos al final de la obra. La segunda fue la Ley de Imprenta del 12 de abril de 1917, vigente hasta nuestros días, que en su artículo 15 señala que para poner en circulación un impreso es obligatorio que éste contenga el nombre de la imprenta, la litografía, el taller de grabado o la oficina donde se ha elaborado la impresión, con la designación exacta del lugar en donde aquélla está ubicada, la fecha de la impresión, el número de ejemplares impresos y el nombre del autor o responsable del impreso. Y aunque no se obliga a asentar el tipo y el gramaje del papel utilizado ni las fuentes en que se compuso, los impresores incluyeron estos datos a raíz de la costumbre adoptada por los Talleres Gráficos de la Nación.

Los colofones en la internet

Hasta finales del siglo XX parecía que los días del colofón estaban contados. Muchas editoriales norteamericanas y españolas han dejado de imprimirlos al final de las obras, incorporando algunos de sus elementos en la página legal. Sin embargo, los sitios web y las publicaciones digitales han tenido a bien recuperarlos, a partir de 2004, como un paratexto claramente a cargo del editor digital. Aunque en los sitios inicialmente elaborados para la red de redes no aparecía ningún paratexto al final, se ha recuperado la costumbre de incluir uno.

En el caso de los portales de la internet, dicho colofón se ubica en una página distinta para describir las herramientas, los sistemas y las fuentes tipográficas empleadas para crear el sitio web y para mantenerlo en operación. Es decir, se le usa para dar crédito a los recursos empleados para producir el sitio. Por tanto incluye el software, el hardware y los lenguajes de programación utilizados en la preparación de los textos y en la creación del sitio, y el tipo de servidor en el que corre. Incluso suelen mencionarse los nombres de los administradores del sitio y del equipo editorial que se ocupa del contenido.

Por ejemplo, el siguiente colofón aparece en una página de la Universidad de Waterloo, en Canadá, titulada Data Structures and Algorithms with Object- Oriented Design Patterns in Java:[38]

Colophon

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En este recorrido histórico se ha hecho evidente la importancia que por épocas ha cobrado el colofón en los libros. Casi a punto de desaparecer en aquellas obras de la segunda mitad del xix y en los albores del xxi, ha sido recobrado por los medios digitales ante la obligación de indicar la ubicación del servidor que alberga a la publicación digital y de dar el crédito tanto a las personas que la elaboran como a los programas que se utilizan para su elaboración, a pesar de que dicha obligación aún no se encuentre legislada en nuestro país. Por otro lado, como elemento paratextual del libro, observamos que se requieren estudios de los filólogos relacionados con los colofones para entender sus contenidos, sus fórmulas y sus funciones a lo largo de la historia del libro mexicano.

Bibliografía

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[1] Mi deuda incluye a los tipógrafos con quienes la fortuna me ha reunido: Jaime Sánchez, José Sordo, Jorge Hernández Osorio y Jaime Salcido

[2] Incipit puede traducirse como “aquí comienza”.

[3] El término se debe a Gérard Genette y se refiere al texto escolta o auxiliar, o paréntesis paratextual, que puede aparecer dentro y fuera del espacio tipográfico del libro impreso, y que constituye un discurso híbrido –editorial o autoral– que nos permite acercarnos a la recepción de un texto. Véase Seuils, París: Seuil, 1987, apud. Mihai Iacob. Significados y funciones del paratexto en los códices de las Cantigas de Santa María de Alfonso x, El Sabio. Bucarest: Editura Universitatea din Bucuresti, 2003. Disponible en red: http://www.unibuc.ro/eBooks/filologie/Mihai_Iacob/main2.html.

[4] El Diccionario de la Real Academia Española indica que el término proviene del latín colŏphon, -ōnis, y éste del gr. κολοφών, que significa “término” o “fin”. Define el colofón como “Anotación al final de los libros, que indica el nombre del impresor y el lugar y fecha de la impresión, o alguna de estas circunstancias”. También se afirma que la palabra deriva del nombre de la ciudad jónica de Colofón. Se dice que los colofonianos podían determinar el final de una guerra y de ahí la frase de Erasmus Colophonem adidi, que significa “Le he puesto el toque final a esto”. Véase http://www.collectionscanada.ca/presses/t15-300-f.html.

[5] Barry B. Powell. Homer. Cambridge: Blackwell, 2003, p. 26-27. Disponible en línea http://www.blackwellpublishing.com/content/BPL_Images/Content_store/Sample_chapter/0631233857/Powell_C01.pdf. Consultado el 23 de mayo de 2006.

[6] “Año 1274. Que el mérito sea para ti, ¡oh Christo! / Así pues, terminó este libro.”

[7] “Pío Segundo Pontífice Máximo, óptimo santísimo. En el año 3, diez días antes de las calendas de septiembre [es decir, 23 de agosto], Yo, Juan Nydenna de Coblenza, escribí este códice a Cristóforo de Milán, varón integérrimo, en la urbe de Bérgamo, imperando la república veneciana, cuyo príncipe era Pascual Marípetro, ilustrísimo y distinguidísimo.” Véase BÉNÉDICTINS du Bouveret. Colophons de manuscrits occidentaux des origines au xvie siècle. 6 v. Fribourg: Éditions Universitaires, 1965-82. Disponible en línea: http://www.findarticles.com/p/articles/mi_m0422/is_2_83/ai_84192628/pg_12. Consultado el 2 de marzo

de 2006.

[8] Véase, por ejemplo, A. Gevorgyan. Hay manrankaric’ner matenagitowt’iwn: IX – XIX dd. Bibliographie des enlumineurs armeniens des IXE – XIXE siècles. Armjanskie miniatjuristy. Matenadaran: Institut Drevnich Rukopisej, 1998. Disponible en línea: http://www.kubon-sagner.de/buch/neu/121_2005_06.html. Consultado el 5 de mayo de 2006.

[9] “Aquí terminó este libro, que el copista esté libre de crimen, / Que Cristo custodie al copista, y le conceda honor.”

[10] Quien se interese por consultar más textos de colofones medievales puede recurrir a la obra de los BÉNÉDICTINS DU BOUVERET. Colophons de manuscrits occidentaux des origines au xvie siècle. 6 v. Fribourg: Éditions Universitaires, 1965-82. Contiene 18 951 colofones que ofrecen el nombre o las iniciales del copista y 4 823 que son anónimos.

[11] Lawrence Nees. The Gundohinus Gospels. Cambridge, MA: Medieval Academy of America, 1987, p. 236. Disponible en línea: http://www.findarticles.com/p/articles/mi_m0422/is_2_83/ai_84192628/pg_12. Consultado el 12 de marzo de 2006.

[12] Los reclamos eran las primeras letras de la primera palabra de la siguiente página, que aparecían al final de cada página. En cambio la signatura eran letras que se imprimían al inicio de cada pliego y que servían para facilitarle al alzador el ordenamiento de los pliegos al unir uno con otro.

[13] Aunque Gutemberg realizó trabajos breves en su imprenta, se considera que su primer libro impreso fue la Biblia de 42 líneas, trabajo que inició el 23 de febrero de 1450 y concluyó unos cinco años después.

[14] “El presente Códice de Salmos fue decorado con la elegancia de las capitulares [es decir, con la elegancia de las letras mayúsculas] / Y suficientemente distinguido con rúbricas / ilustrado con el descubrimiento artificioso de imprimir y caracterizar [es decir, poner en caracteres de molde] / así sin ninguna escritura de cálamo. Y fue / terminado cuidadosamente para Eusebia de Dios, por Juan Fust, ciudadano de Maguncia, y Pedro Shoffer de Gernzheim, / en el año 1457, en la vigilia de la Asunción.”

[15] Por ejemplo, el ejemplar que resguarda la biblioteca Lilly de la Universidad de Indiana, en los Estados Unidos de Norteamérica, es uno de los que carece del término gallico.

[16] “Yo, maestro Johann Neumeister, hice la impresión junto con mi amigo Evangelista de Foligno.”Neumeister, clérigo e impresor alemán, se ufanaba de haber aprendido de Gutemberg este arte. Hay que recalcar que en ninguna edición del siglo XV aparece el término Divina para el texto de Dante Allighieri. Véase http://www.italnet.nd.edu/Dante/text/1472.foligno.html.

[17] Podría significar Gratias Omnipotenti Deo A Laudenbachio. Vid. F. X. Laire, Specimen historicum typographiae romanae XV. saeculi. Romae, 1778. Véase http://www.indiana.edu/~liblilly/etexts/first25/index.shtml.

[18] JULIÁN MARTÍN ABAD. Conferencia magistral “La valoración del libro: el punto de vista del bibliotecario de fondo antiguo”, en: Foro Complutense, ciclo de conferencias sobre bibliofilia y mercado del libro, 6 de mayo de 2004. Disponible en red: http://www.ucm.es/BUCM/foa/Conferencias/conferencia2.pdf. Consultado el 13 de mayo de 2006.

[19] Se cree que el primer impreso español fue el Sinodal de Aguilafuente, impreso por Johannes Parix de Heidelberg en Segovia en 1472. Tiene 48 páginas y carece de colofón. Véase Rosario LÓPEZ DE PRADO. Zaguán. Libros, bibliotecas, bibliotecarios, en http://www.geocities.com/zaguan2000/204.html, 2000. Consultado el 13 de mayo de 2006.

[20] La pragmática de los reyes católicos dictada en Toledo en 1502 establecía como pena para los impresores la pérdida de sus libros, y la censura de Felipe II (1558) establecía que “quien imprimiere o diera a imprimir o fuere en que se imprima libro u obra en otra manera no habiendo precedido el dicho examen o aprobación y la dicha nuestra licencia en la dicha forma, incurre en pena de muerte y perdimiento de todos sus bienes y los tales libros y obras sean públicamente quemados”. Novísima recopilación de las leyes de España. T. III, p. 589.

[21] Giovanni Paoli, llamado Bricensis por ser originario de Brescia, era oficial de imprenta en el negocio que Johannes Cromberger tenía en Sevilla. Ambos firmaron un contrato para que el primero viniera con una imprenta como representante del segundo. De ahí que durante los primeros diez años las publicaciones editadas por Juan Pablos aparecían con el pie de imprenta “en casa de Juan Cromberger”.

[22] Elvia Carreño Velásquez. “Fray Juan de Zumárraga, primer editor en la Nueva España”, en: Letra impresa en México, http://www.adabi.org.mx/investigacion/anteriores/2005/art_ecv06.htm, 2005. Consultado el 19 de mayo de 2006.

[23] La traducción ha sido amablemente elaborada por el Dr. Quiñones, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

[24] Pedro de Ocharte era originario de Rouen, Francia. Se casó con la hija de Juan Pablos, por lo que a la muerte de éste su imprenta pasó a manos de Ocharte.

[25] Sin embargo, según Manuel de Olaguíbel, Antonio de Espinosa “fue el único impresor de México, en su época, que usara signo para sus ediciones. Consistía éste en una calavera de toro atravesada por un ancla; en la parte inferior las iniciales A. E., y todo rodeado de la leyenda Virtus in infirmitate perficitur”. Véase René ACUÑA (introducción e índices). Impresiones célebres y libros raros, edición facsimilar de la de 1884. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1991, p. 127.

[26] Se ha respetado el uso de las mayúsculas y los cortes tal como aparecen en el original.

[27] Se trata del “yo editorial” del autor, cuando el autor asume una función de editor para explicar la falta de varios textos prometidos. Este “yo editorial” se encuentra definido en Mihai IACOB, Significados y funciones del paratexto en los códices de las Cantigas de Santa María de Alfonso X, El Sabio. Bucarest: Editura Universitatea din Bucuresti, 2003. Disponible en red: http://www.unibuc.ro/eBooks/filologie/Mihai_Iacob/main2.html.

[28] Francisco de FLORENCIA. La estrella del norte de México, aparecida al rayar el día de la luz Evangélica en este Nuevo-Mundo, en la cumbre de el cerro de Tepeyacac […]. México, Por doña Maria de Benavides, Viuda. de Juan de Ribera. En el Empedradillo, 1688, p. 241v.

[29] Podemos citar otros casos semejantes a éste, donde no se inserta el clásico colofón de la época sino un texto del autor para indicar el final de la obra, como el de MARTÍN DE LEÓN. Camino del cielo en lengva Mexicana, con todos los requisitos necesarios para conseguir este fin, cō todo lo que un Xp[ilegible] deue creer […]. México, En la Emprenta [sic] de Diego López Dávalos y a costa de Diego Pérez de los Ríos, 24 p., cuyo texto final es: “A honra y gloria de Dios nuestro Señor, y de su madre benditisima y de nuestro padre Santo Domigno y de la gloriosisima Madalena madre Y patrona mía”. También el de Ioan BAPTISTA.

Advertencias. Para los confessores de los naturales. […] Primera parte. México, En el convento de Santiago Tlatilulco por M. Ocharte, 1600, 188 p., cuyo colofón escrito por el autor más bien es una aclaración: “Esta primera parte de Advertencias se pudiera alargar más, si no pretendiera tanto la brevedad de esta obra. Mas con lo dicho y con la tabla que se sigue me parece quedará bastantmente instruido el confesor de los naturales, que quisiere trabajar fructuosamente en esta Nueva Yglesia y neuvas conversiones. A honra y gloria de nustro señor Jesu Christo y de su benditisima Madre y del glorioso S. Pedro Martyr, Patron desta obra”.

[30] “A honra y gloria de nuestro señor Jesucrito y de su bendita madre: aquí se acaba la presente doctrina cristiana en lengua mexicana, la que fue recopilada por el R. P. fray Pedro de Gante de la orden de San Francisco. Fue impresa en casa de Juan Pablos, impresor de libros, año de 1553.”

[31] Acabóse de imprimir este confesionario en la muy insigne y gran ciudad de México: en casa de Antonio de Espinosa impresor de libros, junto a la iglesia de Señor San Agustín: a 23 de septiembre. Año.de.1565. Alabanza a Dios.”

[32] “Alabanza d Dios. En México. Con licencia, en casa de Pedro Ocharte. Dc M.D.LXXXIII. Año.”

[33]Sub correctione S. M. Ecclesiæ. Con licencia en México, por Francisco Rodríguez Lupercio. Año de 1673.”

[34] “Laus Deo, B. Virg. Mariæ, S. Iosepho, & S. P. Augustino.”

[35] “finis. Donde este se imprimió se hallará el primer Tomo del Año Josephino. Su Autor el R. P. Fr. Ignacio de Torres, Religioso Apostolico del Colegio de Propaganda Fide; el que continúa escribiendo lo restante â completar la Obra.”

[36] “Expendido este, (i no en otro caso) se tratará de imprimir el siguiente Quaderno, que contiene los Principios de Artimética, mui de otra manera que en los libros vulgares. Se cuidará de traer practicas utiles i curiosas para el Comercio i Oficinas.”

[37] La resma, la mano y el pliego constituían las unidades de medida con las que se vendía el papel; 25 pliegos conformaban una mano; 20 manos equivalían a una resma y 10 resmas hacían un bulto de papel. Hoy en día la resma se conforma de 500 pliegos. Véase Hans LENZ. Historia del papel en México y cosas relacionadas, 1525-1950. México: Miguel Ángel Porrúa, 1990, p. 179. Para los precios del papel, véase Alicia PERALES. Cultura bibliográfica en México. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, p. 117 e Ivonne MIJARES (coord.). Catálogo de protocolos del Archivo General de Notarías de la Ciudad de México. Ficha 786. Antonio Alonso (escribano), libro 3, f.153v/156, México, 22 de febrero de 1567.

[38] Se encuentra en http://www.brpreiss.com/books/opus5/html/page1.html.