Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Encuadre | 24 noviembre, 2017

Scroll to top

Top

Carta a mis contemporáneos embozados

Tengo 51 años. El día 1 de diciembre caminé del Zócalo de la Ciudad de México al emblemático Ángel de la Independencia para demandar la presentación de 43 jóvenes desaparecidos en  Iguala, estado de Guerrero. Junto a mí y otros profesores iban muchísimos jóvenes gritando consignas, a veces sarcásticas, a veces iracundas. Hoy me pregunto por qué fui a esa marcha y la reflexión que desencadenó tal cuestionamiento la quiero compartir con mis contemporáneos.

Fui a la marcha porque creo en la palabra y los argumentos para solucionar los conflictos. Vale más una metáfora que una bala. Fui porque en este país la violencia campea desbocada; proliferan los jóvenes reclutados desde niños por las distintas mafias que ejercen esa violencia no simbolizada sino descarnada, se mata, pues, sin ninguna deliberación y remordimiento. Por eso marché, porque estos jóvenes caminantes se comportan guiados por el civismo y la prudencia rechazando cualquier forma de violencia.

También fui a marchar por hartazgo. Nací, crecí y vivo en la corrupción. El moche, la extorsión, la mordida más muchas palabras asociadas han acompañado mi vida. Porque vivo en un país donde impera la impunidad, donde la evidencia del enriquecimiento desmedido e ilícito de un presidente, diputado, alcalde, munícipe, empresario, no es investigado. Los impunes pasean los domingos en la Alameda.

Marché en contra de la violencia que ejerce el Estado Mexicano sobre su población. La siniestra violencia que corta cabezas, quema y mutila cuerpos y desaparece personas es deleznable pero es evidente. Hablo aquí de una violencia sutil que se ejerce cuando en el año 2014 el 29% de las escuelas primarias públicas no tiene agua corriente; el Estado la ejerce cuando desmantela todo el sistema de salud pública y permite que las mujeres pobres se mueran pariendo a las puertas de una clínica; violencia que subyace al hecho de que los libros oficiales que educarán a los niños y niñas del país están llenos de errores; hablo de una violencia cínica que regala computadoras a estudiantes de comunidades donde no hay luz. Esa violencia, estoy cierto, ha provocado la reacción violenta de miles de personas que hoy no tienen libros sino cuernos de chivo.

Marché porque mis estudiantes no son delincuentes sino personas que poseen un interés permanente por aprender, jóvenes que invierten cuatro horas diarias de transporte público para llegar a mi querida UAM-Xochimilco: de Neza a Villa Coapa y viceversa. En ellos veo la perversión del sistema educativo nacional. Han cursado su educación previa en escuelas públicas y sus lagunas de conocimiento son enormes, pero sabes, querido contemporáneo, que ellos son como salmones, fuertes porque van de subida y en contra de la corriente. No se quiebran. Por cierto, el abandono de la educación pública y el cacicazgo de la SNTE es un hecho violento superlativo.

Con esos alumnos caminé por el Centro Histórico y la Reforma. Pero marché también porque mis hijas, hijo y su madre fueron perseguidos por granaderos y policías vestidos de civiles por ejercer el derecho de manifestación que la constitución nos otorga. Marché por la mirada de mi hija Coco, mezcla de rabia y esperanza, porque ella ha apostado por la promoción de la cultura como su arma; marché porque Toñito considera que la pintura y el grabado pueden ser un medio de expresión más enriquecedor que pertenecer a la barra de un equipo de fútbol y marché porque mi quinceañera Cúcara quiso ir el 20 de noviembre a pesar de que el miedo le invadía y le sigue invadiendo sus ojos.

Marché porque no quiero estar embozado sino porque quiero que me vean el rostro, no la tira, sino mis hijas e hijo y mis estudiantes. No estoy con ellos, voy atrás de ellos. Los educo en los valores de la libertad de conciencia y ahora que la ejercen no es ético que yo me quede enmascarado por el temor que genera la posibilidad de perder la estabilidad de mi mentalidad clase mediera. Soy de una  generación de discursos; ellos lo son de acciones inteligentes y colectivas. Querido contemporáneo apretemos el paso, abandonemos la retaguardia y caminemos con ellos, te invito a desembozarnos.

Luis Antonio Rivera Díaz.

Profesor y padre de tres hijos.