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Encuadre | 24 Mayo, 2017

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El cartel como acción comunicativa

Encuadre

 

César González Ochoa

Cuando estamos ante un cartel, como alguno de los cuatro que presentamos, de manera inequívoca nos hacemos algunas preguntas acerca de sus varios aspectos. Aunque no las hagamos de manera explícita, siempre presentamos interrogantes de diversos tipos. En primer lugar, respecto a su inteligibilidad; y las cuestiones son, por ejemplo: ¿Qué significa eso? ¿Qué me quiere decir con esto? ¿Cómo debo entenderlo? Las respuestas a estas preguntas tienen que ver con la interpretación; así, si leemos los periódicos o vemos noticias por televisión, sabremos que Sarajevo es una ciudad devastada por la guerra, si algo de historia recordamos, podemos asociar el nombre de esa ciudad con el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914, que fue el detonador de la primera guerra mundial. Pero el cartel dice 1994, por lo cual sabemos que se refiere a la actualidad, a su división entre dos grupos étnicos, a su desarticulación, a su destrucción. El cartel que anuncia la puesta en escena de Romeo y Julieta es suficientemente claro, además del nombre, por la ilustración de dos amantes unidos, entre ambos el corazón compartido y un puñal. Si sabemos un poco más, asociaremos esta muerte por amor con otras parejas trágicas de la historia, comenzando con la de Píramo y Tisbe, de Ovidio, hasta las versiones cinematográficas donde el amor y el odio están juntos y donde parece que el odio triunfa, etcetera. El anuncio de un concierto de órgano nos da todos los elementos para interpretarlo inequívocamente, con un gran esfuerzo icónico que consiste en la tipografía que simula las teclas blancas y negras. El último cartel es más ambiguo, ya que la correspondencia entre el título de la pieza anunciada El séptimo cielo y el dibujo no es obvia; a primera vista, parece ser un cartel contra la violencia sexual, o algo así. Sin embargo, sabemos que algunas tradiciones cristianas, seguramente influidas por el pensamiento anterior, identifican varios cielos, o varios círculos del cielo, y sitúan al empíreo en el último, el séptimo, de allí puede inferirse la relación del dibujo con el título de la obra teatral.

En todo caso, si la inteligibilidad del mensaje plantea preguntas que nos son tan complejas y que pueden resolverse con una interpretación que requiere sólo informaciones, los carteles hacen preguntarnos sobre cosas diferentes, cuestiones que tienen que ver con la verdad de los contenidos expresados, por ejemplo: ¿Son las cosas así como se expresan? ¿Por qué son así y no de otra manera?

Estas preguntas las respondemos con afirmaciones y explicaciones; preguntamos por ejemplo, ¿están así las cosas en la ex Yugoslavia? Sí, efectivamente, porque no es un conflicto únicamente político o racial, sino religioso, etcétera. ¿Cuándo, dónde será el concierto de teclado o la presentación de la obra de Shakespeare o de la otra obra mencionada? La respuesta es una explicación, un añadido de los datos que se preguntan.

El tercer grupo de preguntas tiene que ver con la autoridad de quien enuncia o de quien expresa, con los papeles sociales, con las normas que indican quién puede decir algo; preguntas de este orden son, por ejemplo: ¿Por qué dices eso? ¿Desde qué lugar hablas? Y tales preguntas se contestan con justificaciones. ¿Con qué derecho hablas de Sarajevo si tú nunca tomas partido? Ante esta pregunta sólo se pueden dar justificaciones. Aquí se está cuestionando la rectitud de quien enuncia.

Finalmente, cuando se pone en duda la sinceridad de quien habla o de quien enuncia, surgen preguntas del tipo: ¿No estará tratando de engañarnos? ¿No se estará engañando a sí mismo? Tres carteles dan informaciones sobre hechos externos: el de Romeo y Julieta, El séptimo cielo y el del concierto de teclado, por tanto, sería difícil cuestionarlos desde este punto de vista; el cuarto sin embargo, puede ponerse en cuestión desde esta perspectiva.

Si pudiéramos considerar estos carteles como actos o acciones comunicativas, entonces su eficacia podría verificarse con respecto a estas cuatro dimensiones: inteligibilidad, verdad, rectitud y veracidad, las cuales se denominan pretensiones de validez, y son construidas por los sujetos participantes aunque sea de una manera implícita, pero pueden explícitamente ponerse en cuestión. Se reúnen las cuatro pretensiones cuando lo que se dice es inteligible; cuando su contenido es verdadero; cuando quien lo dice está justificado para decirlo; y cuando quien lo dice, lo dice sinceramente, sin intenciones de engañar. ¿Qué es lo que convierte los carteles en actos comunicativos, si es que lo son? Tal vez habría que hacer antes otra pregunta: ¿Qué es un acto comunicativo? ¿Qué condiciones deben reunirse para que algo sea un acto comunicativo o de algún otro tipo? Estas preguntas requieren la previa definición de la noción de acto. Para entender la noción de acto o de acción se requiere deslindarla de otra noción: la de comportamiento; y lo que permite realizar esa distinción es la presencia del sentido. La acción o acto es un tipo de comportamiento que se distingue por estar orientado por reglas o por normas.

Los comportamientos que no son actos pueden ser sometidos a observación; las acciones pueden ser entendidas.

Existen comportamientos que se repiten regularmente, por lo cual podría decirse que siguen una regla. Sin embargo, tales regularidades sólo pueden ser descritas inductivamente, pues los comportamientos simplemente ocurren o no ocurren; en cambio, las reglas se tienen que entender. Una regla se puede seguir, se puede impugnar, se puede violar; pero es absurdo decir que se viola una regularidad.

Las reglas que subyacen a una acción pueden aceptarse o rechazarse, pero la existencia de regularidades de comportamiento sólo puede afirmarse o ponerse en duda. En síntesis, percibir una acción implica la comprensión de una norma y su interpretación se realiza a la luz de una regla entendida.

Claro está que un sujeto que realiza una acción puede no ser capaz de hacer explícitas las normas que rigen sus acciones; de hecho es ésta la situación común: un sujeto es capaz de producir o de entender frases con sentido (es decir, un tipo particular de acciones), puede ser capaz de entender un cartel, etcétera, pero no necesariamente puede hacer explícitas las reglas que gobiernan esas capacidades. Pero, por el hecho de entender, posee un saber implícito de las reglas, y por medio de ese saber puede determinar si esa frase que escucha o lee, o este cartel que observa, está bien construido, si está orientado por las reglas o si se desvía de ellas; puede incluso determinar el grado de desviación de dichas reglas.

Vuelvo a la pregunta, ¿qué clase de acciones son los carteles mostrados?; y, si pertenecen a un tipo de acciones, ¿significa esto que hay varios tipos de acción? Existen varios tipos de acción porque existen varias clases de reglas (ya se estableció que en el concepto de acción es fundamental el hecho de seguir una regla). Entre las clases de acción habría que señalar en primer lugar las que usan reglas técnicas, que expresan un saber sobre las leyes de la naturaleza. La acción basada en estas reglas se denomina acción instrumental y se reduce a la manipulación de objetos orientada a la consecución de un fin.

La aplicación de reglas técnicas exige una actitud objetiva ante el mundo; en la acción instrumental el sujeto adopta frente a los objetos una relación unilateral, orientada exclusivamente a conseguir el fin propuesto. Hacer una mesa, usar un programa de computadora, etcetera, son acciones instrumentales; el carpintero o quien usa el programa posee un saber implícito de una serie de reglas técnicas; es decir, tiene una competencia aunque no sea capaz de expresar tales reglas.

Otro tipo de acción es la llamada acción estratégica, la cual, de la misma manera que la acción instrumental, también está orientada hacia un fin, o está orientada al éxito. Sin embargo, en la acción estratégica el éxito o la eficacia no se mide por el manejo o la manipulación de algo en la naturaleza, sino que consiste en la capacidad de influir en las decisiones de otras personas. Las reglas que están en la base de esta acción implican enunciados sobre relaciones entre valores, fines y medios, sobre la base de preferencias y máximas de decisión adoptadas.

Su aplicación exige también una competencia, un saber empírico sobre las posibilidades de decisión de la parte opuesta, de aquellos en los que se quiere influir, así como el espacio de opciones que ofrece la situación dada. De la misma manera que la acción instrumental, la acción estratégica es unilateral y fonológica. Ejemplos claros de acciones estratégicas son los anuncios publicitarios, la propaganda política, en fin, todos esos mensajes que utilizan procedimientos retóricos para exclusivamente mover y conmover. Una gran cantidad de carteles que invaden nuestra vida cotidiana son precisamente acciones de esta clase.

Ambos tipos de acción —la instrumental y la estratégica— a veces se engloban con el nombre de acción con arreglo a fines, y están gobernados por reglas específicas. Pero hay otro tipo de acciones, las que obedecen a reglas sociales, cuyo contenido se objetiva en expresiones simbólicas. En estas acciones se presume la interpretación de por los menos dos sujetos capaces de lenguaje y acción que, ya sea por medios verbales o extraverbales, entablen una relación interpersonal. Entre las acciones que son parte de este tipo está la acción comunicativa (más adelante se hablará de otra acción), en la cual los sujetos no se orientan hacia un fin externo sino hacia el entendimiento; con ello, la relación que entablan no es unilateral sino dialógica, y el proceso culmina en un saber comunicativamente compartido por los participantes.

Las reglas técnicas y estratégicas (es decir, las que rigen las acciones con arreglo a afines) pueden ser eficaces o no en la medida en que logren los fines propuestos (den por resultado la mesa, o la manipulación del programa, en el caso de la acción instrumental, o la obtención del voto o la compra de un producto o servicio, en el caso de la acción estratégica). Las normas sociales, en cambio, no se miden por la eficacia sino por la validez, la cual se asegura por el reconocimiento intersubjetivo en el entendimiento. Un comportamiento que viola reglas técnicas o estratégicas fracasa cuando no alcanza el fin inicialmente previsto, cuando no tiene éxito; la sanción está precisamente en ese fracaso: la mesa mal construida, el programa no sirve, etcétera. Pero una acción que viola las normas provoca sanciones asociadas con esas mismas normas, fracasa no por no conseguir la finalidad sino que el fracaso es en la acción misma, que no alcanza a realizarse. Las reglas instrumentales operan sobre objetos que pueden manipularse; las reglas estratégicas, sobre las decisiones de otras personas; las normas de acción operan sobre interacciones. Tanto las reglas instrumentales como las estratégicas son aprendidas, y lo mismo pasa con las normas sociales; no existe conocimiento innato de ellas; pero el aprendizaje de las reglas técnicas y estratégicas proporciona habilidades y destrezas, mientras que el aprendizaje o la interiorización de las normas convierte al hombre en un ser social.

Sin restar importancia a las acciones con arreglo a fines, personalmente me interesa la acción comunicativa (a fin de cuentas es la que está relacionada de manera más amplia con el sentido). Lo que se desea es tratar de investigar si un tipo de acción, por ejemplo, la representada por los carteles mostrados, pertenece solamente al dominio de la acción comunicativa, o si en ellos está presente otro tipo de acción. Si no podemos considerarlos como manifestaciones de acción instrumental, sí podrían verse como manifestaciones de acción estratégica; ya he mencionado otros carteles que intentan ejercer acciones sobre los lectores o receptores de una manera fonológica y unilateral. Si optáramos por analizar diversos discursos, de cualquier materialidad, por ejemplo los construidos de enunciados lingüísticos, nos sorprenderíamos de encontrar un alto porcentaje de los que consideramos como acciones con arreglo a fines, y, por consiguiente, la pequeña cantidad de actos orientados al entendimiento y al consenso. Para avanzar en la argumentación, puede decirse que un enunciado de lengua, o un cartel, o cualquier otro acto comunicativo mantiene relaciones diversas con la realidad; o, mejor, mantiene relaciones con diversas realidades.

En primer lugar, con la realidad externa; es decir, con el mundo de objetos y de acontecimientos sobre los cuales pueden hacerse manifestaciones verdaderas o falsas. Para hablar de éstos, se trataría de lo que nos dicen del mundo: lo que pasa en Sarajevo, el concierto de teclado o la puesta en escena de Romeo y Julieta.

En segundo lugar, relaciones con la realidad interna, es decir, con el mundo propio de experiencias intencionales del autor, que pueden ser expresadas verazmente o no (en el caso mostrado, la manera particular como interpreta la tragedia de Shakespeare por medio de dos elementos básicos: el corazón y el puñal; o la catástrofe de la ciudad mediante el contraste blanco/negro, etcétera). Y tercero, con la realidad normativa de la sociedad, o sea el mundo social de valores y normas compartidas, de roles y de reglas a las cuales puede o no ajustarse y que pueden ser a su vez correctas —legítimas, justificables— o incorrectas; en el ejemplo de Sarajevo, los valores que hacen que estemos en contra de la guerra y la masacre de la población civil.

Nuestra capacidad de comunicarnos tiene un núcleo, unas estructuras básicas y unas normas fundamentales, las cuales están a disposición de los sujetos competentes. Esta competencia comunicativa no se reduce a saber expresar correctamente un mensaje, puesto que comunicarse es ponerse en relación con el mundo físico, con el mundo de los demás sujetos, y con el mundo de las propias intenciones, sentimientos y deseos. En cada una de estas dimensiones el sujeto pretende tener cierta validez sobre lo que dice, lo que implica o lo que presupone.

Y como ya se dijo antes, tales pretensiones son relativas a la verdad de los que se dice al respecto, al mundo objetivo o externo, o son pretensiones relativas a la actitud o legitimidad de la acción comunicativa respecto a los valores y normas compartidas en el mundo social, o pretensiones respecto a la sinceridad o autenticidad de las intenciones y sentimientos.

Tales pretensiones sirven para precisar las actitudes expresadas por el sujeto, las cuales son, en primer lugar, una actitud objetivante acerca de algo que ocurre; en segundo, una actitud expresiva, en la cual el sujeto descubre ante los otros algo de su interior; y en tercero, una actitud de conformidad de un sujeto, miembro de un grupo social, ante las normas de comportamiento. A cada una de estas tres actitudes corresponde un concepto de mundo: objetivo o externo, interno y social. Para abundar un poco más: el mundo externo es el fragmento objetivado de la realidad; es aquel trasfondo sobre el que pueden revelarse las opiniones como verdaderas o falsas, o pueden evaluarse las intenciones como viables o no; es el horizonte sobre el cual los sujetos se entienden al actuar comunicativamente y que está formado por convicciones, más o menos difusas, pero que nos cuestionan. El mundo social es el fragmento de sociedad simbólicamente preestructurado; a él pertenecen las frases y acciones, las instituciones, tradiciones y valores culturales. El mundo interno se expresa en las vivencias individuales del sujeto.

Quien realiza una acción comunicativa no adopta sólo una de tales actitudes, es decir, no actúa en uno solo de tales mundos. El agente no solamente se refiere a algo del mundo objetivo o algo de su mundo social o a un fragmento de subjetividad de su propio mundo; el caso normal es referirse simultáneamente a los tres mundos. Esto permite hablar de los tipos de acción en relación con los mundos en que participan. En la acción instrumental —que es aquella en la cual el actor realiza un fin o hace que se produzca un estado de cosas por medio de la elección, en una situación dada, de los medios más congruentes y de su adecuada aplicación— el concepto central es el de decisión entre opciones para alcanzar un propósito, el cual se apoya en la interpretación de la situación. Esta acción se convierte en estratégica, que es el segundo tipo de acción, cuando interviene al menos otro agente.

El tercer tipo de acción es la regulada por las normas, y se refiere no a un actor solitario que se encuentra con otros en su entorno, sino a los miembros de un grupo social que orienta sus acciones por valores comunes. Las normas expresan un acuerdo existente en el grupo social, y todos los miembros del grupo tienen derecho a esperar unos   de otros que en una situación dada se ejecuten o se omitan las acciones obligatorias o prohibidas respectivamente.

Aquí el concepto central es el de la observancia de la norma, el cumplimiento de una expectativa de comportamiento.

En la acción teleológica —como se dijo, abarca tanto la acción instrumental como la acción estratégica— se asumen relaciones entre un actor y un mundo de estados de cosas existentes, representados por enunciados de tipo declarativo (como puede ser un simple anuncio de salida o un cartel que dice cómo se quemó la selva amazónica), es decir, que dan cuenta de un estado de cosas; también pueden estar representadas por un primitivo anuncio publicitario que sólo diga “compre x” o “beba y” o “vote por z”.

Estas manifestaciones pueden enjuiciarse conforme a criterios de verdad o de eficacia. La acción teleológica presupone un solo mundo, el objetivo.

En la acción regulada por normas, además del mundo objetivo del estado de cosas existente, está el mundo social al que pertenece el actor como portador de un rol. Este mundo social contiene un contexto normativo que determina cuáles son las acciones legítimas y cuáles no lo son. Y antes de plantear la cuestión de los mundos en la acción comunicativa, habría que hacer alusión a otro tipo de acción no mencionado antes, aquel en el cual se manifiesta de manera patente el mundo interno.

Este tipo de acción —que se denomina acción dramatúrgica— es la que se refiere a participantes en una interacción, que constituye los unos para los otros un público ante el cual se ponen a sí mismos en escena. En este tipo de acción también la relación entre actor y mundo puede someterse a juicio, pero sólo puede haber una dirección en la modificación puesto que el actor, en presencia de su público, se aplica sólo a su propia subjetividad.

En esta acción se presuponen dos mundos: el externo y el interno.

La acción comunicativa se refiere a la interpretación de al menos dos sujetos capaces de lenguaje y de acción que verbalmente, o por algún medio más, los sujetos se orientan al éxito a la manera de influir sobre los otros. La acción normativa ve el lenguaje como un medio para transmitir valores culturales o como portador de consenso que se ratifica en cada acto. La acción dramatúrgica ve el lenguaje como un medio en el que ocurre la escenificación y puede asimilarse a formas estilísticas de expresión. Por lo tanto, en estos tres tipos de acción hay un uso unilateral y fonológico del lenguaje; y ello se manifiesta en el tipo de comunicación que cada uno privilegia: el primero como entendimiento indirecto de aquellos que sólo pretenden la realización de sus propios fines; el segundo como acción consensual de aquellos que se limitan a actualizar un recuerdo normativo ya existente; y el tercero como autoescenificación destinada a espectadores. En cada caso sólo parece una función del lenguaje: en el primero, la provocación de efectos, en el segundo, el establecimiento de relaciones interpersonales, y en el tercero, la expresión de vivencias y emociones personales. Pero en la acción comunicativa están presentes todas las funciones: allí el lenguaje es un medio comunicativo por el cual los dos participantes del acto se refieren, desde el horizonte de su mundo de vida, simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo, para llegar a un acuerdo sobre la situación que pueda ser compartido.

Por medio de la acción comunicativa los participantes contraen relaciones con el mundo, pero no de manera directa, como es el caso en los tipos de acción, sino de manera reflexiva; allí se integran los tres conceptos de mundo, que en los otros tipos de acción aparecen aislados, y ese sistema integrado aparece como un marco de interpretación compartido dentro del cual se llega a la comprensión. Los participantes no se refieren directamente a los tres mundos, sino que cuentan con la posibilidad de que la validez de sus expresiones pueda ser puesta en tela de juicio por los demás.

Decir que el entendimiento funciona como mecanismo coordinador de la acción quiere decir que los participantes se ponen de acuerdo sobre la validez que pretenden para sus manifestaciones; o sea, reconocen intersubjetivamente las pretensiones de validez con que se presentan unos frente a otros.

Regreso a las pretensiones de validez. Que realice un acto orientado al entendimiento tiene que plantear con su acto mismo que éste es verdadero, que es correcto respecto al contexto de las normas y que la intención expresada coincide con lo que piensa y cree; es decir, pretende para lo que enuncia, rectitud para las acciones legítimamente reguladas y para el contexto normativo de éstas y veracidad para las manifestaciones de sus vivencias subjetivas.

Kari Pippo, el autor del cartel de Sara-jevo, pretende que creamos que lo que dice que ocurre en esa ciudad es verdad, que es legítima su acción de contarlo y que realmente siente lo que allá está ocurriendo. Verdad, rectitud y veracidad con criterios de conformidad de los actos comunicativos y los tres mundos con los que el actor se relaciona.

Cuando se alcanza un entendimiento, los participantes llegan a un acuerdo; este acuerdo descansa sobre una convicción común; la acción comunicativa se realiza sólo cuando el otro la acepta, cuando toma postura, aunque sea implícitamente, frente a una pretensión de validez que en un principio es susceptible de crítica. Por lo tanto, el acuerdo no puede ser impuesto por una de las partes. El acuerdo alcanzado entre los participantes se mide por esas pretensiones de validez, las cuales caracterizan diversas categorías de un saber encarnado en manifestaciones simbólicas —como los carteles mostrados— que pueden ser analizadas ya sea desde el aspecto de cómo pueden fundamentarse, ya sea el aspecto de cómo los actores se refieren con ellas a algo en el mundo. La comprensión de una manifestación simbólica exige la participación en un proceso de entendimiento, y los significados pueden estar encarnados en acciones, pero también en instituciones, en productos del trabajo, en contextos de cooperación o en documentos. El horizonte de procesos de entendimiento dentro del cual los implicados llegan a un acuerdo o discuten sobre algo que pued pertenecer a cualquiera de los tres mundos se denomina mundo de la vida.

Como ya se dijo, en el concepto de acción es central el hecho de seguir una regla; y existen al menos dos tipos de éstas: las que sirven para resolver problemas técnicos y las que sirven para regular el contexto donde funcionan; en estas últimas las reglas de acción estratégica, que, como las técnicas, están orientadas hacia el éxito, aunque dicho éxito tiene que ver con el influjo sobre las personas, y las normas que se orientan al entendimiento.

Para analizar estas últimas, se pueden mencionar dos clases: las reglas de la gramática y las reglas de los juegos. En ambos casos se trata de reglas constitutivas; es decir, son reglas que no sirven para regular un comportamiento que exista previamente, con independencia de ellas, sino que son esas mismas reglas las que producen tales comportamientos: un jugador de ajedrez no usa las reglas para aplicar a jugadas que existan antes, sino que el uso de las reglas produce tales jugadas. Este jugador de ajedrez puede saber cómo mover un peón o un alfil, pero no tiene por qué poder explicar su funcionamiento.

De la misma manera, un hablante sabe usar las reglas gramaticales, pero puede no ser capaz de explicarlas o describirlas. Lo importante de una regla no es su descripción sino el hecho de que se sabe usar, de que se tiene una competencia de ellas. En este hecho de saber usarla se expresa la posibilidad de aplicar una regla aprendida para producir resultados nuevos.

Una teoría de los actos comunicativos no tiene por objeto explicar los actos en tanto que fenómenos; más bien su meta es hacer una adecuada exposición del sistema de reglas por medio del cual los sujetos competentes producen y entienden las manifestaciones simbólicas. Por ejemplo, el objetivo de una teoría lingüística no es estudiar los enunciados sino las reglas que los producen, las reglas por las cuales los hablante y oyentes competentes producen y entienden las expresiones lingüísticas; de la misma manera, una teoría de la comunicación gráfica tiene como tarea dar cuenta de la competencia de los sujetos, es decir, de su capacidad de generar y de entender los actos comunicativos como los carteles o cualquier otra manifestación gráfica.

Se llama competencia lingüística a la capacidad de dominar el sistema particular de reglas, de hacer explícito el know how del que disponen los sujetos competentes. La teoría de la comunicación lingüística, igual que las demás teorías de la acción comunicativa, es una ciencia reconstructiva ya que tiene por objeto la reconstrucción explícita de un conocimiento que se encuentra de manera implícita en los sujetos hablantes. Estos sujetos saben cómo realizar, ejecutar y producir enunciados, y saben entenderlos, sin ser capaces de explicar los conceptos, reglas, criterios y esquemas en que se basan tales enunciados. La finalidad de la reconstrucción, es decir, de la teoría, es hacer explícito en términos categoriales las estructuras y elementos de ese know how.

Hay diferencias entre las ciencias reconstructivas y las ciencias físicas: en primer lugar en que el ámbito objetual de aquellas pertenece a la realidad simbólicamente estructurada del mundo social.

Pero también se distinguen de las demás ciencias humanas: aunque todas las disciplinas que poseen una dimensión hermenéutica investigan este orden de realidad, lo que distingue a las ciencias reconstructivas es que éstas buscan la estructura profunda; es decir, no sólo intentan descubrir las relaciones de significación, lo que quieren decir sus manifestaciones, sino que su objetivo es poner de manifiesto el sistema de reglas subyacentes a la producción y comprensión de tales configuraciones simbólicas.

En otras palabras, su meta no es hacer una traducción de lo que significan, ni una paráfrasis: para nuestro caso, no se trataría de traducir o explicar el nombre de Sarajevo o por qué se desarticula usando sólo dos colores; no habría que hacer una paráfrasis acerca del corazón y el puñal en Romeo y Julieta; más bien se trata de encontrar cómo llegan a decir lo que dicen, y eso se consigue con el conocimiento explícito de las reglas y estructuras cuyo dominio es la competencia de un sujeto. Su tarea es hacer explícita la competencia.

La teoría de la competencia lingüística es un caso particular de una teoría más amplia, la de la competencia comunicativa, cuya tarea fundamental es construir las condiciones generales del entendimiento. Con una teoría como ésta tendríamos un fundamento para la investigación en ciencias sociales ya que, si la reproducción de la sociedad se basa en la reproducción de sus miembros competentes, entonces con la teoría comunicativa tendríamos una comprensión de los procesos de socialización. Una teoría de la sociedad planteada en términos de competencia comunicativa entiende el proceso de la vida social como un proceso de generación mediado por actos comunicativos, entre los cuales están los de la comunicación gráfica.

La realidad social resultante de esta generación descansa en la facticidad de las pretensiones de validez implicadas en los productos simbólicos, en las acciones. Y, como se ha repetido, tales pretensiones son la inteligibilidad, la verdad, la rectitud y la veracidad, las cuales son las diferentes dimensiones en que una acción puede tener éxito o fracasar; cada una relacionada con las diferentes regiones de la realidad: lenguaje, naturaleza externa, sociedad y naturaleza interna.

Cuando un sujeto realiza un acto comunicativo, no se refiere exclusivamente a algo de su mundo objetivo, del mundo social, o del mundo subjetivo, sino que pretende un acuerdo con los otros de que este acto está validado en los tres campos: que es verdadero, que es correcto respecto al contexto nomativo y que la intención expresada coincide con lo que cree o piensa. Por tanto, las acciones comunicativas son interacciones sociales que no se orientan al éxito de cada actor considerado aisladamente, sino que están coordinadas mediante operaciones cooperativas de interpretación. Cuando se logra el entendimiento los participantes llegan a un acuerdo, el cual descansa en la convicción común, ya que el acuerdo no puede ser impuesto por una de las partes.

Para concluir, faltaría decidir si los carteles mostrados constituyen verdaderas acciones comunicativas, o si en qué medida los productos gráficos conocidos en general como carteles son manifestaciones simbólicas orientadas al entendimiento, destinados a producir consenso.

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